FESTIVAL DE MÉRIDA
Electra Jonda: la venganza que tardó cuarenta años en subir a un escenario
Manuel Canseco dirige en el Teatro Romano de Mérida, del 8 al 12 de julio, el texto inédito de Juan Guerrero Zamora, que nunca vio estrenada su obra.
Nunca he entendido la venganza (soy muy perezosa para organizar una), pero sí entiendo la espera. Una espera que se hace cuerpo, que se hace rutina, que se hace la única forma posible de estar viva. De hecho, a las mujeres se nos enseña a ser seres esperantes: no solo en los partos, que eso es obvio: en todo lo demás. Una llamada que no llega, un mensaje de WhatsApp la noche después de, que te propongan un plan. Todas estas esperas se crean con el hombre como centro. Aunque tu orientación sea otra. Con los años he aprendido que ese es el verdadero tema de Electra: no es la sangre. Es el tiempo que una tarda en cobrarse la sangre.
Hay textos que esperan igual que Electra espera a Orestes. Se escriben, se guardan, y el autor muere sin verlos nunca en un escenario (a mí esto me desarma más que cualquier tragedia griega: la ironía de escribir sobre la justicia que llega tarde y no llegar a tiempo siquiera para ver tu propia obra). Eso es exactamente lo que le pasó a Juan Guerrero Zamora con Electra Jonda: escribió su versión del mito, trasladada a un cortijo andaluz, y murió sin verla estrenada. Ha tenido que ser su hija, Alejandra Torray, quien firmara la adaptación definitiva y quien, además, interprete en escena a Clitemnestra: la madre asesina, contada por la hija que rescata el texto del padre.

El montaje llega al Teatro Romano de Mérida del 8 al 12 de julio, a las 22:45h, como segundo estreno absoluto del 72º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, tomando el relevo de un Spartacus que se despidió con casi 5.200 espectadores en tres funciones. No es poca la responsabilidad de suceder a eso, y quien la asume es Manuel Canseco, extremeño de Villanueva de la Serena, que ya dirigió este mismo festival hace más de veinte años y que regresa ahora para lo que él mismo, con una franqueza que se agradece, ha llamado "el trabajo más complejo" de toda su carrera: integrar interpretación, cante, guitarra y la danza de la Compañía Ibérica en un todo, y no —dice él— "como un puzle".
Ese cortijo andaluz donde Guerrero Zamora decide instalar a los Atridas no es un capricho estético. Es una manera de decir que la venganza no necesita a Micenas para existir: le basta un patio con cal y un cante que se cuele y que nos narre. Torray habla de esta versión como un homenaje abierto a Lorca, y algo de Bodas de sangre respira, sospecho, bajo cada verso de esta Electra que ya no viste peplo sino luto de pueblo.

Al frente del reparto, dando vida a Electra, está Carolina Lapausa, actriz que el gran público reconoce por Sueños de libertad y que aquí se enfrenta a algo bien distinto: sostener durante hora y media, al aire libre y de noche, ante miles de personas, la sed de justicia de uno de los personajes más estudiados de la literatura universal. Ella misma ha definido el montaje como "una obra muy exigente" y ha hablado de "el choque entre la tradición y la modernidad" como el verdadero motor de esta lectura.
Yo, que llevo veinte años viendo cómo este festival decide, edición tras edición, qué clásicos merecen la pena resucitarse, no puedo evitar pensar en Guerrero Zamora, en su cortijo imaginado, en su hija subiendo ahora al escenario lo que él nunca pudo ver. Electra esperó veinte años a que Orestes volviera. Este texto ha esperado más. No sé si creo en la justicia poética, pero, si existe, ojalá el Teatro Romano, esta vez sí, sepa responder a todo este tiempo.



