TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA

Spartacus libera a los esclavos en la primera revuelta de la historia

La obra inaugura este viernes la 72.ª edición del Festival de Mérida en el teatro romano, con ballet y un trepidante viaje del héroe

Cultura
Spartacus
3 Julio 2026, 08:26 | Actualizado 3 Julio 2026, 08:52

Este señor siempre me ha caído bien. Le conocemos, todos, creo, con el cuerpo de Kirk Douglas, con esa barbilla partida en dos que parecía diseñada para sostener la dignidad de los vencidos. Antes de saber quién fue de verdad —un tracio, un desertor—, ya lo había visto morir crucificado a un lado de la Vía Apia, con la mandíbula apretada. Una no elige a sus héroes a veces. Se los encuentra ya hechos, con la cara de otros.

Kirk Douglas no solo interpretó a Espartaco: lo produjo, peleó por él, y décadas después le dedicó un libro entero, Yo soy Espartaco, publicado en España por Capitán Swing en 2014, con prólogo de George Clooney. En sus páginas no habla tanto del esclavo tracio como de sí mismo enfrentándose a Hollywood: contrató a Dalton Trumbo, guionista represaliado por la caza de brujas anticomunista, y lo acreditó públicamente con su propio nombre cuando nadie se atrevía a hacerlo. Fue un gesto tan calculado como valiente. Douglas tenía entonces a su productora entera en juego y su futuro. Pero lo hizo.

Ahí está la trampa bonita de todos los mitos: uno cree que admira al esclavo rebelde y en realidad admira al actor que decidió parecerse a él fuera de la pantalla. Douglas se inventó incluso la escena que todos recordamos —ese "yo soy Espartaco" que se levanta entre los prisioneros como un incendio colectivo— y tuvo que discutirla con su director, un tal Stanley Kubrick, todavía joven, todavía sin el peso que tendría después. La ficción y la biografía se contaminan de tal manera que ya no sé, sinceramente, si quiero al gladiador o al hombre que se empeñó en que su historia importara.

Y ahora, casi setenta años después de aquella película, Espartaco vuelve a Extremadura, pero no en celuloide: en carne, en danza, sobre las piedras del teatro romano de Mérida. La compañía Düsseldorf Ballet Theater abre este viernes la 72.ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico con un espectáculo dirigido por María Graciani, con dramaturgia de su hermana Ana y música original de su hermano Tuti Fernández. Otra de las hermanas, Esther, también canta y hay incluso otro más. Un proyecto de hermanos, levantado además sobre una pérdida: su director y coreógrafo original, Pascal Touzeau, murió a mitad del proceso, y el testigo lo recogió Peter Agardi.

Esta vez Espartaco no muere crucificado en la pantalla, sino en su propia memoria: la obra lo sitúa en el umbral de la muerte, reviviendo el amor, la rebelión, la derrota, mientras Mussorgsky, Rajmáninov, Chaikovski se mezclan con composiciones nuevas. Da igual cuántas veces se cuente esta historia —cine, ballet, novela, listas negras de por medio o no—: seguimos necesitando a alguien que se ponga de pie entre los prisioneros y diga que sí, que es él, que cargará con el nombre por todos. Puede que esa sea la única razón por la que este señor, con la cara que tenga cada vez, nos siga cayendo tan bien.