FIESTA

El Arquillo revive con la Fiesta de la Sandía

La antigua aldea de Cañaveral, despoblada desde los años sesenta, recupera cada septiembre la vida gracias a una celebración que reúne a antiguos vecinos y descendientes

Provincia de Cáceres
El Arquillo revive con la Fiesta de la Sandía

Canal Extremadura El Arquillo revive con la Fiesta de la Sandía

13 Septiembre 2026, 11:15 | Actualizado 13 Septiembre 2026, 11:17

La aldea de El Arquillo, en Cañaveral, pasa buena parte del año en silencio, pero cada mes de septiembre vuelve a llenarse de vida, aunque solo sea durante unas horas. La Fiesta de la Sandía sirve como pretexto para reunir a quienes un día vivieron en este enclave o mantienen vínculos familiares con él, convirtiendo la jornada en un encuentro marcado por la memoria y la convivencia.

La fruta da nombre a la celebración, pero el verdadero protagonismo recae en el reencuentro. Durante una jornada, numerosos vecinos y descendientes regresan al pueblo, abren las puertas de sus antiguas viviendas y comparten una tradición que ha pasado de generación en generación. Las calles, habitualmente vacías, recuperan así el ambiente que durante décadas caracterizó a la aldea.

Un pueblo marcado por la despoblación

El Arquillo se encuentra a unos cinco kilómetros de Cañaveral, en la ladera sur de la Sierra del Arco. La pérdida de población comenzó a hacerse evidente en los años sesenta, cuando muchas familias iniciaron su marcha en busca de nuevas oportunidades laborales fuera del entorno rural.

La antigua Villa del Arco dejó de ser un municipio independiente y, en 1963, quedó integrada en Cañaveral. Los datos reflejan con claridad el proceso de despoblación: en 1960 contaba todavía con 36 habitantes, mientras que apenas tres años después la población se había reducido a once vecinos.

Una tradición para no olvidar las raíces

El declive demográfico terminó por vaciar la localidad, pero no borró el vínculo emocional de quienes nacieron o crecieron en ella. La Fiesta de la Sandía se ha consolidado como una oportunidad para mantener vivas las raíces, recordar a quienes habitaron el pueblo y transmitir esa memoria colectiva a las nuevas generaciones.

Cada septiembre, El Arquillo deja de ser un lugar silencioso para convertirse, aunque sea por un día, en un punto de encuentro donde regresan las historias, los recuerdos y la identidad de una comunidad dispersa por distintos lugares.