ORGULLO
Extremadura no presume: es
Del campo y la dehesa a la energía, la biodiversidad y la tecnología, Extremadura reúne cifras y proyectos que hablan de una tierra con recursos excepcionales y capacidad para construir su futuro
Canal Extremadura Tradición, patrimonio e infraestructura de vanguardia conviven en la Extremadura del siglo XXI.
Extremadura es una tierra de récords. Algunos están en sus campos, otros se encuentran en sus dehesas, en sus embalses, en sus cielos o en la energía que produce. Otros empiezan a escribirse ahora, en fábricas, centros tecnológicos y grandes proyectos industriales. Son realidades muy diferentes, pero todas cuentan parte de la misma historia: la de una región con una enorme capacidad para producir, conservar y transformar sus recursos.
La fuerza de la tierra y el paisaje
Una historia que comienza en el campo. Extremadura es una de las grandes despensas agrícolas de España y concentra producciones que han convertido a algunos de sus cultivos en referentes nacionales. La ciruela es uno de los mejores ejemplos: la región reúne cerca de la mitad de la superficie de ciruelo de España, con 6.764 hectáreas en 2020, y también concentró alrededor de la mitad de la producción nacional de aquel año. A su lado aparecen la cereza, donde el norte cacereño posiciona a la región como la mayor productora del país, y el higo seco, sector en el que Extremadura lidera tanto la producción como la exportación nacional. Son cultivos que no solo forman parte de la economía rural, sino también de la identidad de muchos pueblos extremeños.
Y entre esos campos aparece uno de los grandes símbolos de la región: la dehesa. Más de 1,4 millones de hectáreas de sistemas adehesados se extienden por Extremadura —la mayor superficie de este ecosistema en el mundo—, un paisaje creado durante siglos en el que conviven encinas y alcornoques, ganado, agricultura y biodiversidad. La dehesa es mucho más que una imagen reconocible: es alimento, actividad económica, patrimonio natural y una forma de relación con el territorio que ha llegado hasta nuestros días.
Pero Extremadura también ha aprendido a convertir uno de sus recursos más abundantes, el sol, en una fuente de energía para el futuro. En 2024, la comunidad concentró el 24,3 % de toda la potencia fotovoltaica instalada en España y generó el 23,3 % de la electricidad fotovoltaica del país, liderando la generación nacional. El paisaje de grandes extensiones de placas solares convive así con el paisaje tradicional de la dehesa y abre la puerta a una nueva etapa industrial: una región capaz no solo de generar energía renovable, sino también de atraer proyectos que necesitan grandes cantidades de ella.
Y si el mar queda lejos, el agua ha encontrado otra forma de hacerse presente. Extremadura cuenta con la mayor superficie de costa dulce de España, sumando más de 1.500 kilómetros de orilla entre sus embalses y ríos. Orellana fue pionera al conseguir en 2010 la primera Bandera Azul para una playa de interior en España, abriendo un camino en el que hoy la región acumula cerca de una veintena de estos distintivos. Durante los meses de verano, sus embalses, gargantas y piscinas naturales convierten buena parte del territorio en un destino único de baño y ocio.
La naturaleza vuelve a ocupar un lugar protagonista cuando se mira al cielo. Extremadura cuenta actualmente con 71 Zonas de Especial Protección para las Aves, que abarcan el 26,45 % de su territorio (más de 1,1 millones de hectáreas). Cigüeñas negras, buitres negros, águilas imperiales, grullas o avutardas encuentran aquí algunos de sus principales refugios. Es una riqueza que convierte a la región en el principal destino de observación de aves de Europa continental, completado por reconocimientos internacionales como las Reservas de la Biosfera o el Geoparque Mundial UNESCO Villuercas-Ibores-Jara.
También la historia ha dejado sus propios récords. Mérida, Cáceres y Guadalupe forman parte de la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. Tres nombres que resumen siglos de civilizaciones, arquitectura, cultura y tradición y que sitúan a Extremadura entre las regiones europeas con mayor densidad de patrimonio UNESCO por habitante.
La nueva frontera industrial y tecnológica
Pero si algo ha cambiado en los últimos años es que esta historia ya no termina en el campo, la naturaleza o el patrimonio. Extremadura está empezando a escribir también un capítulo tecnológico e industrial. En Trujillo se está desarrollando un proyecto para fabricar diamantes sintéticos destinados a tecnologías avanzadas y a componentes relacionados con los microchips, una iniciativa que representa una de las caras más sorprendentes de la nueva industria extremeña. Diamond Foundry prevé nuevas instalaciones en la localidad y una inversión de enorme dimensión, con la creación potencial de cientos de empleos directos.
Y no es un caso aislado. La disponibilidad de suelo, energía renovable y recursos sitúa a Extremadura en el radar de grandes proyectos vinculados a la economía digital. Los grandes centros de datos que se proyectan en distintos puntos de la región (Mérida, Badajoz, Cáceres, Navalmoral y Valdecaballeros) dibujan un futuro en el que los grandes volúmenes de información y la inteligencia artificial también pueden tener su espacio en Extremadura. Son proyectos todavía en diferentes fases de desarrollo, pero suficientemente importantes como para cambiar la imagen de una comunidad asociada casi exclusivamente a la actividad agroganadera.
A ese nuevo mapa se suma además el potencial de las materias primas estratégicas. El litio, fundamental para buena parte de la transición energética, ha colocado a Extremadura en el debate sobre los recursos necesarios para afrontar la transformación industrial europea al albergar una de las mayores reservas del continente. El reto estará en conseguir que esa riqueza del subsuelo pueda convertirse en oportunidades económicas y empleo, siempre desde el respeto al territorio y con garantías ambientales.
La transformación también pasa por algo menos visible, pero igualmente importante: la capacidad de desarrollar tecnología, software y proyectos innovadores desde ciudades medias y espacios rurales. La revolución digital ya no tiene por qué concentrarse exclusivamente en las grandes capitales. Y Extremadura está construyendo poco a poco un ecosistema en el que empresas, centros tecnológicos, emprendimiento e innovación empiezan a formar parte de una nueva imagen de la región.
Todo ello convive con lo que Extremadura ya es. Con sus pueblos, sus fiestas, sus productos, sus paisajes, sus tradiciones y esa manera de entender el territorio que ha survived durante generaciones. Porque no se trata de elegir entre pasado y futuro, entre dehesa y tecnología, entre agricultura e industria.
Extremadura puede ser todas esas cosas a la vez.
Quizá ahí esté el verdadero valor de sus récords. No en acumular cifras, sino en lo que cuentan juntas: una tierra capaz de producir alimentos, conservar uno de los grandes ecosistemas de la península, proteger una biodiversidad excepcional, generar energía, atesorar un patrimonio universal y, al mismo tiempo, abrirse camino en industrias que hace apenas unos años parecían ajenas a su realidad.
Extremadura no necesita presumir ni compararse. Solo contar lo que es.
Y eso, cada vez resulta más difícil resumirlo en un solo tópico.