TRADICIÓN FAMILIAR
Tres generaciones de vino en El Raposo que hoy cruzan fronteras
Nació en 1954 para abastecer un bar de la pedanía de Usagre y ahora sus vinos naturales se abren paso en mercados internacionales
Los vinos que hoy salen de El Raposo rumbo a países como Canadá o Estados Unidos tienen su origen en una pequeña bodega familiar que comenzó hace más de 70 años con unos pocos depósitos y la iniciativa de un hombre, Leandro Romero.
La historia de Bodegas Romero arranca en 1954, cuando Leandro decidió instalarse en esta pedanía de Usagre y construir una pequeña bodega de unos 30.000 litros para elaborar el vino que serviría en su propio bar. Eran años difíciles, pero la calidad de sus elaboraciones hizo que aquellos vinos empezaran a ganar fama más allá del propio pueblo.
La demanda creció y aquella pequeña producción inicial fue aumentando hasta alcanzar los 120.000 litros. Décadas después, su hijo Juan tomó el relevo y en 1975 construyó una nueva bodega adaptada a la tecnología de la época, duplicando la capacidad y sentando las bases de una empresa familiar que hoy continúa en manos de la tercera generación.
De vender en El Raposo a exportar al extranjero, el salto de la bodega refleja también la evolución del sector del vino extremeño. La familia ha combinado la tradición heredada de sus antepasados con nuevas técnicas de elaboración y una apuesta por productos diferenciados.
En los años 80 incorporaron nuevos procesos para adaptarse a los estándares de calidad del momento y, tras una reconversión del viñedo, en 2002 comenzaron a elaborar vinos ecológicos, siendo una de las primeras bodegas extremeñas en apostar por este modelo.
Después llegarían otros hitos: en 2007 elaboraron el primer vino espumoso de calidad de Extremadura fuera de la Denominación de Origen Cava y en 2015 lanzaron el primer vino comercial sin sulfitos añadidos de la región.
Pero el proyecto más ligado a sus orígenes llegaría en 2017, con la recuperación de métodos tradicionales para elaborar vinos naturales. Fermentaciones con las propias levaduras de la uva, vinos sin clarificar, sin estabilizar y sin filtrar, elaborados en depósitos de cemento y tinajas de arcilla.
Una vuelta al pasado con una mirada actual que pone el foco en el viñedo. La bodega controla sus propias parcelas y trabaja con sistemas de cultivo ecológico para limitar la producción y buscar una mayor calidad de la uva. Cuenta con 12 hectáreas de viñedo propio y asesora otras 20 hectáreas de agricultores de la zona.
, una cifra alejada de la producción industrial y basada en una filosofía familiar: elaborar menos cantidad para cuidar cada botella.
Más de siete décadas después de aquellos primeros vinos que se servían en un bar de El Raposo, la tercera generación mantiene el mismo objetivo que su fundador: que el protagonista siga siendo el viñedo y que un vino nacido en una pequeña pedanía de Badajoz pueda cruzar fronteras.