PATRIMONIO
Un gigante prehistórico a un paso de Mérida: así es el Dolmen de Lácara
Uno de los mayores sepulcros megalíticos de la península ibérica sigue en pie en plena dehesa extremeña
A escasos 25 kilómetros de distancia de la capital extremeña, donde el legado romano de Augusta Emerita domina la narrativa histórica, se levanta uno de los monumentos más antiguos y sorprendentes de la región: el Dolmen de Lácara. Su presencia, en plena dehesa, obliga a mirar el paisaje con otros ojos y a ampliar la línea del tiempo mucho más allá de Roma.
Se trata de una construcción megalítica erigida hace aproximadamente entre 4.000 y 5.000 años, en el tránsito del Neolítico final a la Edad del Cobre. Es decir, fue levantado miles de años antes de que los romanos fundaran Mérida en el año 25 a. C.
El monumento impresiona no solo por su antigüedad, sino por sus dimensiones. Se trata de un sepulcro de corredor, formado por grandes bloques de granito cuidadosamente colocados para crear un largo pasillo que conduce a una cámara funeraria. En su interior, enormes losas verticales sostienen un espacio funerario colectivo que evidencia una sociedad organizada, capaz de coordinar trabajos complejos sin herramientas metálicas ni maquinaria.
Este tipo de estructuras no eran tumbas individuales, sino espacios rituales donde comunidades enteras enterraban a sus muertos. El Dolmen de Lácara, en concreto, destaca por su monumentalidad: es considerado uno de los mayores dólmenes de la península ibérica, tanto por la longitud de su corredor como por el tamaño de las piedras que lo componen.
Su ubicación, en el entorno natural entre Mérida y La Nava de Santiago, añade una capa de significado histórico. Lejos de ser un paisaje “vacío” antes de Roma, este territorio ya estaba habitado, transformado y cargado de simbolismo miles de años antes de la llegada de los romanos. El dolmen es, en ese sentido, una prueba material de que la historia profunda de Extremadura no comienza con las calzadas ni los teatros, sino con comunidades prehistóricas que ya construían monumentos para trascender la muerte.
Declarado Monumento Nacional en 1931, el Dolmen de Lácara sigue siendo un enclave relativamente desconocido para el gran público, pese a su enorme valor arqueológico. Su visita ofrece una experiencia distinta: no hay grandes infraestructuras ni museos cerrados, sino un contacto directo con el paisaje que lo rodea, prácticamente el mismo que debieron contemplar sus constructores.
