VIDA RURAL
La aventura de regresar al pueblo: de la realidad a la ficción
Los pequeños municipios vuelven a ganar población. “Un trozo de planeta” convierte ese retorno en una historia de vida y reconstrucción
La pandemia cambió algo más que las rutinas. También modificó la relación de muchas personas con el lugar donde querían vivir. Después de años de pérdida constante de población, los pueblos pequeños empiezan a recuperar habitantes y Extremadura no es una excepción.
Los últimos datos sobre migraciones internas reflejan un giro de tendencia en los municipios de menos de 1.000 habitantes. Entre 2014 y 2019, esos pueblos extremeños registraron un saldo migratorio negativo de unas 3.300 personas: se marchaban más vecinos de los que llegaban. Sin embargo, desde 2020 hasta 2024 el balance se ha invertido y han ganado 1.913 habitantes por migraciones interiores.
La tendencia se repite en el conjunto del país. En España, los pueblos de menos de 1.000 habitantes perdieron entre 2014 y 2019 unas 42.000 personas. Pero tras la pandemia el movimiento cambió de dirección: desde 2020 han ganado 82.274 habitantes procedentes sobre todo de grandes ciudades.
No supone todavía el final de la despoblación, marcada por el envejecimiento y la baja natalidad, pero sí revela un nuevo interés por la vida rural. Teletrabajo, vivienda más asequible, búsqueda de tranquilidad o una relación más cercana con la naturaleza explican parte de ese movimiento de regreso o llegada al campo.
Un regreso convertido en novela
Ese cambio social tiene también reflejo en la literatura. Un trozo de planeta, de Alba Pavón Bernal, convierte esa transición entre ciudad y pueblo en una historia íntima y cotidiana.
La autora y su marido, ambos profesores, viven en la ciudad junto a su perro Oliver y un gato callejero llamado IggyPop cuando deciden comprar una vieja casa del siglo XIX en una de las villas más despobladas de la provincia de Cáceres: Ruanes.
Lo que iba a ser una segunda residencia para escapar del ruido urbano acaba transformándose en un proyecto de vida permanente. En plena subida de precios y sin mano de obra disponible, la pareja se instala en la vivienda y afronta por sí misma las obras de rehabilitación pese a no tener conocimientos de albañilería, electricidad o fontanería.
El libro funciona como diario, crónica doméstica y relato sentimental de esa mudanza vital. También retrata las contradicciones del nuevo mundo rural: la belleza de la calma y la naturaleza, pero también las dificultades materiales, el aislamiento y el esfuerzo cotidiano que implica vivir lejos de la ciudad.
“Una historia que nace por casualidad y termina convirtiéndose en un relato de nuestros días en la transición de la ciudad al campo”, resume la propia autora sobre una experiencia que conecta con un fenómeno cada vez más visible en muchos pueblos extremeños.
