FESTIVAL DE TEATRO DE BADAJOZ
Ionesco vio cómo sus amigos caían en el totalitarismo: Rinoceronte fue su respuesta
El Taller de Fin de Estudios de Interpretación, dirigido por Carmen M. Galarza, sube este martes al López de Ayala la fábula de Ionesco sobre el conformismo y el contagio de la masa
Cedida Rinoceronte
Un rinoceronte cruza la calle de una pequeña ciudad. Luego aparece otro. Poco a poco, los vecinos dejan de sorprenderse y empiezan a transformarse ellos mismos. Al final solo uno se niega a hacerlo: en esta ocasión es una. Ese es el punto de partida de ‘Rinoceronte’, de Eugène Ionesco, que la Escuela Superior de Arte Dramático de Extremadura (ESAD) representa este martes 20 de octubre a las 21:00 horas en el Teatro López de Ayala de Badajoz, dentro de la 49 edición del Festival Internacional de Teatro.
Hay un instante engañosamente plácido en el que una serie de personas decide que los otros son el enemigo y que ellos son puros. No hace falta un golpe militar ni una doctrina feroz para desmantelar la conciencia; basta con ofrecer una coraza, un bramido compartido y la promesa seductora de no volver a discrepar jamás: de que siempre va a haber orden. Y queremos orden porque somos personas de bien. Vivimos fascinados por la imagen de la tiranía como un monstruo que irrumpe a punta de bayoneta, cuando la historia demuestra justo lo contrario: la barbarie suele ingresar por la puerta de servicio con el aplauso entusiasta de quienes, agotados de sostener sus dudas, prefieren la contundencia del pellejo grueso.
Cuando Eugène Ionesco escribió Rinoceronte a finales de los años cincuenta, no estaba trazando una farsa zoológica ni un chiste surrealista para burgueses aburridos; estaba diseccionando, con espanto y precisión, el mecanismo exacto del contagio ideológico. Los estudiantes se lo han tomado bien porque están acostumbrados a que su sociedad sea absurda y a que el lenguaje cotidiano, que debería servir para encontrarnos, empiece a pudrirse por las esquinas. Nadie en esta fábula despierta convertido en bestia contra su voluntad; cada uno halla su propio argumento civilizado para sumarse a la manada.
Al final de la estampida, cuando a la belleza y al sentido común los han arrollado el estruendo de los cascos, solo queda en pie una persona. Un tipo vulnerable, mediocre, que ni siquiera pretendía ser héroe y que, sin embargo, comete el delito imperdonable de no querer parecerse al resto. Defender una voz propia cuando el mundo entero se ha puesto de acuerdo para embestir no es un gesto de gallardía; es una condena al aislamiento más feroz.
Ionesco nació en 1909 en Slatina, Rumanía, de padre rumano y madre francesa. Pasó parte de su infancia en Francia, volvió a Bucarest, estudió allí y fue profesor. En los años treinta vio cómo la Guardia de Hierro, el movimiento fascista rumano, ganaba adeptos entre la juventud universitaria. Primero su padre y después sus amigos se pasaron a ella. En 1938 se marchó del país. Esa experiencia, la de ver a las personas cercanas cambiar de bando una tras otra, es el origen directo de ‘Rinoceronte’.
La obra supuso un giro en su autor. Ionesco había alcanzado notoriedad con ‘La cantante calva’ y con piezas en las que el lenguaje se vaciaba de sentido hasta lo cómico. Había criticado con dureza el teatro social de Brecht. Pocos años después escribió una de las grandes obras de denuncia del siglo XX. La sorpresa fue tal que el Times celebró que, por fin, hubiera una obra de Ionesco que se entendiera de principio a fin.
El absurdo, sin embargo, sigue ahí, convertido en herramienta. Cuando aparece el primer rinoceronte, los personajes no se preguntan qué está pasando. Discuten si tenía uno o dos cuernos, si era africano o asiático. El lenguaje sirve para no ver. Un lógico explica a un anciano cómo funciona un silogismo y llega a la conclusión de que, como los gatos son mortales y Sócrates también, Sócrates es un gato. El razonamiento, en apariencia impecable, puede justificar cualquier cosa.
Una galería de formas de ceder
La fuerza de la obra está en sus personajes, porque cada uno encarna una manera distinta de rendirse. Jean, el amigo pulcro y moralista que reprocha a Bérenger su desidia, es de los primeros en transformarse, y lo hace en escena. Botard, maestro jubilado, niega por dogmatismo que los rinocerontes existan y termina convertido en uno de ellos. Dudard, el intelectual con futuro en la oficina, encuentra argumentos razonables para unirse a la manada: su deber, dice, es seguir a sus jefes y a sus compañeros. Daisy, de quien Bérenger está enamorado, acaba oyendo en los bramidos una música hermosa y viendo en la fuerza bruta algo admirable.
Frente a todos ellos queda Bérenger, un antihéroe improbable. Llega tarde al trabajo, bebe demasiado y no tiene ninguna teoría que defender. Precisamente por eso resiste. Ionesco no le da al espectador una respuesta cerrada, pero sí una certeza: siempre es posible decir que no. Al menos a esto.
La rinoceritis ha sido leída como metáfora del nazismo, pero también del estalinismo y de cualquier sistema que exija al individuo disolverse en la ideología colectiva. El propio autor se negó a retocar el texto cuando se planteó montarlo en la Unión Soviética y la producción no se hizo. Más de seis décadas después, la pregunta sigue en pie: qué nos lleva a aceptar lo que el día anterior nos parecía monstruoso.
La función tiene además un eco dentro del propio festival. El pasado sábado, la compañía Atalaya representó ‘El rey se muere’, también de Ionesco, con Carmen Gallardo como protagonista. Ambas obras pertenecen al llamado ciclo de Bérenger, el personaje que el autor repitió en varias piezas: ‘Rinoceronte’ es de 1959 y ‘El rey se muere’, de 1962. En apenas cuatro días, el público de Badajoz ha podido ver dos caras del mismo autor: la del poder que se desmorona ante la muerte y la del individuo que resiste cuando todos a su alrededor ceden.